Mariposas Negras

Mariposas Negras

INDICACIONES: Solución estéril para la limpieza de los ... nervios esplácnicos mayores, esplácnicos menores, inferiores, vagos y frénicos IZQUIERDOS. Su presentación en unidosis permite una utilización práctica.

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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Macondo.

01/03/2004

Flores, flores... ahí viene regalando flores.

20060620223617-lavendedoradeflores.jpgUn día se me ocurrió regalar flores a una jardinera. La idea en principio y por lógica, no me parecía acertada del todo. El encanto de la flor ya lo conocía ella con tal riqueza de matices, que la generalidad que yo conocía de la ofrenda, resultaría muy simple para la amalgama imaginativa de la florista.
La cosa es que desde aquella mañana en que cruzamos unos “buenos días”, todo se giró en mí, aquella mirada con esencia de azahar llenó mi sentido.
Pensé en que especie podía ser la que se volviera singular a sus ojos. Quería que fuera singular el regalo para captar su atención. Reparé en las flores que llevan ya mensajes impresos por su historia. Nardos, rosas, claveles… pero seguían sin decirme nada. Luego, pensé en alguna variedad que quedara lejos de su alcance, esas flores que en nuestra tierra no se consiguen con facilidad. Pregunté a entendidos, recorrí los mejores edenes de pétalos que encontré, y cada vez estaba más afianzado la misma conclusión. No iba yo a encontrar una flor que ella quisiera, y que no hubiera buscado ya con empeño a lo largo de sus años de jardinera. Las opciones se me agotaban, me sentía cada vez más pequeño ante el reino de las floraciones, inferior, incompleto para embutirme en tal hazaña.
Dudé en si seguir con mi obstinación. Quizá esa era la peor forma de sorprenderla. Podía también intentar escribirle algo, eso me reportaba mayor seguridad y resultaría más fácil el argumento. Pero no, algo me decía que el encuentro debía de ser vestido de pétalos.
Trascurridas ya semanas en mi búsqueda, comprobé una mañana de domingo mientras paseaba por el mercado. Que el mundo de las flores había dejado de ser extraño y poco conocido para mí, me sentía familiar en el patio entre puestos que inundaban de aromas el aire. Ya las examinaba y entendía con una soltura y conocimiento, que incluso me permitía dialogar con los floristas acerca del estado de las bellas petunias y las orlas de sus pétalos, los giros olorosos de las azucenas, el tamaño de las margaritas, o los cambios de matices del color de las rosas según avanzaba la estación. Aprendí, sin darme cuenta, la melodía que hace que revienten los capullos para derramar los colores. Sin darme cuenta, reparé en que ya tenía tema de conversación con el intentar entablar cercanía con la florista.
Seguí cumpliendo mi ritual de cada mañana. Pasar por delante de su jardín para ver la florescencia de su imaginación mientras cuida de sus flores, mientras las miraba con mimo y pasión. La chispa en la mirada sólo la tenía para sus amigas. Se podía leer en ese momento, que ellas eran toda su vida. Allí volcaba con esmero su pasión. Cuando apartaba su mirada de allí, se convertía de repente en la chica más triste de la ciudad. Fue lo que llamó mi atención desde el primer momento… la tristeza con la que ojeaba a todas las personas que barajaba su mirada. Todo lo que no fuera sus flores, tierra y vida, era parte de su desinterés, era nada. Y yo, pasaba todos los días a la misma hora porque sabía que saludarla a primera hora de la mañana era mejor que hacerlo a mediodía, estaba menos ensimismada, puesto que ya a esa hora estaba totalmente inmersa en su mundo y ni conocía a quién tropezaba. Todos los días a primera hora, mientras se preparaba para laborar, su tristeza me daba alegría para mi búsqueda diaria. Con los “buenos días” rutinarios, ya tenía para alimentar mi ilusión en la búsqueda de la flor que regalar a mi amada.
Se me ocurrió estudiar las especies que habitaban en su jardín, quizá llevándome por esta serie, lograría deducir su siguiente empeño en la escala de su vergel de sueños. Cual era la siguiente flor que esperaba plantar en su huerto. Tuve que curiosear de noche, mientras dormía, para que nunca sospechara de mi empeño. Claveles, sirios, rosas de todos los colores, algunas orquídeas en lugar privilegiado, margaritas que se armonizan con el seto, algunos extraños tulipanes que parecen estar de vacaciones en aquel parámetro, manzanillas y azucenas que daban aires de libertad al entorno, y algunas otras de las que desconocía su virtud más que su belleza. Estaban en conjunto, maravillosas, parecía que con la llegada de la primavera, se hubiera declarado en aquel edén, fiestas patronales. Esta idea, lo único que hizo fue alimentar mi confusión, no encontraba ninguna correlación lógica en aquel jardín. No sabía como hacer que mi ofrenda llegara a estar plantada algún día en el huerto de mi paraíso. Que sintiera mi regalo como parte de si, como parte del aire. Estaba desconcertado, la lógica de su condición de florista no me dejaba descifrar sus suspiros. Cosa que era extraña puesto que ya, a estas alturas, conocía a todos los floricultores del mercado y sus entresijos que leí de sus librillos de eruditos del perfume y el color.
Hasta aquel día en que reparé en el acierto. Yo soy pintor, cómo no me había dado cuenta antes. Ella era mi flor y solo tenía que cultivarla a mi manera. Pintarla en vez de plantarla, pincelarla en vez de hablarle, buscar los matices en la paleta y no en los abonos ni las palabras. La imaginé y de pronto sus manos se volvieron sépalos, sus brazos hojas, su cuerpo tallo, sus ojos estambres y sus pechos pétalos. Parecía como si todos aquellos días en que estuve divagando, hubiesen florecido de pronto en un reventón, como si todos los sueños, la imaginación y la perseverancia, detonaran en fragancias y colores al son de la primavera.
Pinté como un poseso hasta que mi pasión se halló reconvertida al plano. Cuando terminé, caí en la cuenta de que había llegado la primavera a mi lienzo. Cuando lo tuve preparado, planeé sigilosamente la entrega de mi amor apostado en una pintura. Premedité palabras convertidas a tonalidades, para decirle que la pintura era ella, busqué las palabras, las sílabas, las comas precisas en pinceladas para contarle todo lo que me provocaba. Cuando tuve la ofrenda ovillada con hilos de seda y portada con alas mariposas que también saqué del ovillo, me armé de valor para realizar la entrega. Aquella noche no dormí pensando en que faltaban escasas horas para que mi amor supiera de mi travesía hacia ella.
Cuando llegué a la vera de su jardín, advertí un bullicio anormal en el interior de su casa, en el camino que conducía a la puerta, había más flores que de costumbre, pero estas eran intrusas, extrañas a su paraje. Estaban todas organizadas en algunas coronas de malos presagios, con cintas malvas que las vestían y llevaban palabras de recuerdos. Cuando crucé el umbral de su puerta, un compañero florista suyo me contó lo ocurrido. Se había suicidado durante la madrugada. Los barbitúricos fueron su solución a un cáncer que acuciaba su existencia. Dejó escrito a sus amigos, que antes de marchitar como en época de otoño y esperar a que llegara el día en que ni pudiera cuidar de sus flores, prefirió zanjar de raíz y quedar plantada en el recuerdo como era. Y llevar su vergel en el alma de su nuevo destino. Recordar sus flores en el apogeo de la primavera. Plantada quedó en mi corazón de por vida.
Con el beneplácito de su familia, desde entonces cuido de su jardín, al que acudo cada mañana para hablar de ella con los claveles, los sirios, las manzanillas, las azucenas, las orquídeas. Me cuentan lo grande que era. Y con un lienzo que reposa en la pared de su salón, paso también largas horas escribiendo y contándole que cada noche sueño con ella. Y cuando duermo las flores explotan, brotan, rebotan y flotan por toda la avenida… mientras ella se acerca desde lo alto de la calle… sonriendo… flores, flores, flores… ahí viene la jardinera regalando flores.
01/03/2004 23:22 Enlace permanente. Tema: Macondo Hay 2 comentarios.

27/02/2004

MACONDO NOS HABLA

Si se lee bien “Cien años de Soledad”, se ve claramente reflejada en todos sus seres la soledad, como bandera, en diferentes carnes y sentires, en diferentes tiempos al o largo de un siglo. Yo soy un descendiente de la familia Buendía, la que acuno la soledad, y me llevo a entrar al Chat, el sentirme sólo entre la multitud de la calle, como os habrá pasado a muchos de vosotros. Macondo es el pueblo donde García Márquez quiso desarrollar esta historia, también es mi nik, y sin querer se ha convertido en una bandera. ¿Y por qué nos entendemos tan bien? Porque cuando hemos encontrado nuestras afinidades chateando, no hemos tenido que ocultar nuestra soledad, como normalmente hacemos ante la hipocresía de la calle y la sociedad. Soledades que se encuentran sin necesidad de un rostro, sino de un ser. Y con vosotros he encontrado amor, risas, compañerismo, en definitiva valores, que brindan compañeros solitarios, compañeros que perfectamente pudieron ser retratados como lugareños de Macondo. Hoy que es un día muy gris en mi pueblo, en nuestro pueblo, un día más solitario que nunca. Quiero daros las gracias por estar ahí cuando os busco… sólo por eso, por estar mariposas negras. Y gracias al destino por la Lluvia, la que cae en nuestro pueblo y ante la que salgo desnudo a mojarme cada vez que me duele el alma.

BUENO NIÑOS.... OTRO QUE SE QUEJA, JAJAJAJAJA SUS RESPUESTAS:

(desde luego,macondo nos habla,
SUENA A SECTA EL ROLLO)

PUES ASI SE QUEDAAAAAAAAAAAAAAAAAAA LA LA LA LA LA LA LA LA LA LA LA LA LA LA LA LA LA LA LA
27/02/2004 19:09 Enlace permanente. Tema: Macondo No hay comentarios. Comentar.

25/02/2004

Lluvia le Escribe al General.

hombreleyendo.jpg…Una historia que un día prometió Lluvia escribirle al Coronel absorbiendo y dejándose impregnar, por la refrescantes y áridas tierras de Macondo, cuando ella cruzara el umbral y él depositará su sonrisa en las manos que le brindaba.

Un día, en el que ambos se mecían sentados en la alfombra de nubes, los Alisios advirtieron entre corrientes opuestas que algo pasaba entre ellos, y era extraño, por que ambos vientos debido a la fuerza que respiraban de ellos chocaron de frente, y la alfombra cedió cayendo estrepitosamente al vacío.

El Coronel yacía en el suelo preocupado, no por el dolor de sus heridas de las que estaba acostumbrado a llevar en su mochila, miraba fijamente a Lluvia, a la que veía mal herida y con ojos perdidos en un charquito, se había topado frente a frente con el dolor y los colores de la pintora se tornaron grises, la oscuridad la invadió y poseyó.

Mientras tanto, los habitantes de Macondo reían entre sus Callejuelas, compraban en sus mercados y cantaban. Los olores a Papaya y a Mango dulce, a mar, embriagaban el ambiente,… la tarde avanzaba y ellos aún seguían en tierra vomitados por los vientos. Aureliano Buendía recorría el eco de sus viseras, no tenía fuerzas ni para apretar sus puños.

Tristes, grises y opacos colores llegaban a él a borbotones, aburrido miraba a los aldeanos, gestos que traían recuerdos de otros tiempos, paisajes…

El charquito que dejo tras de sí no reflejaban más que un rostro diferente. No se atrevió a decir nada entonces, no estaba seguro, aunque él sabía que esos ojos ya perdidos, eras los de ella.

Lluvia se incorporo lentamente con el susurro de las gotas, siguieron el camino gracias al Coronel, que tras un aullido feroz que recorría fugaz la penumbra y la luz les advirtió, que su amor yacía frágil en tierra árida, ellas sabían de revoluciones pues su maestro las llamaba y cuando todas juntas emprendieron el camino a casa comprendieron que debían ser raudas por que Lluvia y el Coronel morían.

Pronto se dividieron, Lluvia notaba que la sangre de su amor teñía los campos y oxidaba las flores, los aldeanos gritaban despavoridos y los aromas de mango y papaya desaparecían rápidamente, el olor del dolor, ese…, que tampoco ellos conocían se apoderaba sin mesura, sin contemplación alguna de abolengo y razas. Lluvia no podía dejar que el Coronel muriera, y obligo a sus gotas que lo limpiaran y sanaran.

Macondo maldecía sus nombres, los eternos no se rinden, repetía sin cesar, y la verdad se transformo en eco, y se hizo la luz y el silencio cuando Aureliano en pie
La miraba.

Ella seguía perdida entre el llanto y el dolor de saberse moribunda, pero feliz por que su amor paró de sangrar y los aldeanos de llorar.

El sol empezaba a evaporarla y el Coronel tras intentos vanos de protegerla, no pudo. El creyó que ascendía, que las pocas gotas que aún la recorrían podían salvarse y así lo hizo, los bolsillos de su gabán estaban llenos de sus gotas, llevándolas a casa
Terminando en un frasquito.

El pueblo de Macondo lloró su perdida y a su vez festejo el regreso de Aureliano, el que batalla constante para mantener en pie a su pueblo. La pintora desapareció, más no su amor por ella.

El Coronel salía a pasear por sus caminos sólo, y de vez en cuando con gesto tímido miraba a las nubes con la ilusión de verla a ella, a su Lluvia, danzar de puntillas y pintándolo todo con sus gotas, él extrañaba sus caricias, esas gotas que permitían resbalar por sus mejillas. Seguía en su camino cuando de pronto oyó el crujir de la tierra, golpe seco y tremebundo, se puso en guardia y no veía más que un trozo de tierra que no paraba de emanar agua. Macondo le dijo al oído, un amor que se va dándote la vida es el tesoro más sagrado que un hombre puede obtener, el agua empezó entonces a cobrar vida, era ella, Macondo la había absorbido gota a gota para no perderla y el Coronel, Aureliano, se desplomo lleno de lagrimas, no podía verla, por que sentía que no había luchado como en sus batallas hacía por ella.

Lluvia se acercó lentamente y se arrodillo ante él, Macondo cerró su gruta, y de nuevo quedaron los dos, ella quiso llevarlo de nuevo a la alfombra de nubes, pero se negó, no quería volver a caer, ella solo lo miraba y le asía fuertemente el puño que aferraba en tierra.

Coronel, vuelvo a ti por que de ti aprendí el llanto y la risa. Por que no puedo alejarme sin sentarme de nuevo a tu lado, sin sentir esa mirada tímida y esas historias que chorrean toda clase de especias. No me niegues tu paleta por que supiste de colores y los necesito para seguir pintando Macondo y sus historias. Por que te necesito, que sería de la lluvia sin su pueblo...
25/02/2004 17:34 Enlace permanente. Tema: Macondo Hay 5 comentarios.

24/02/2004

MACONDO

"Lluvia caía desde lo alto de aquel precipicio, al otro lado de la escalera. Era extraño…
¿Cómo podía llover al otro lado de la escalera de esa forma?
Tal y como lo había soñado aquel día, en que, un hechicero, me dijo que iba a soñar con aquello.
Conjuró a los dioses entre ungüentos y rezos, y me rebeló el presagio.
El precipicio era alto como el mundo, carente de edad…
y generoso en agua manada, se alzaba hacia la infinidad del crepúsculo. Y lluvia, caía sin dejar ni un solo
aliento para los que habitan aquel pueblo, el pueblo de mis sueños. Y de pronto, todos salieron de sus casas.
Miraron hacia el fondo del precipicio con solemnidad, alzaban la vista para comprobar la revelación.
Y empezaron a sonreir. todos sonreían. Yo, inquietado por la visión que admiraban, miré.
Entonces comprendí, el porqué de la buena nueva. El maná chorreaba sus jugos a aquellos afortunados
que habitaban allí, dónde mis sueños... y sólo allí.  Aquí, al otro lado de la escalera, no pasaba nada,
absolutamente nada. Saltaban, retozaban al compás de las gotas percusivas, tarareaban y gozaban
de aquel festín. Rostros alucinógenos fuera de control ante la belleza de aquella quimera.
Aquel pueblo triste que habita en mis sueños, de repente, floreció. Murió toda aquella perpetua melancolía
que lo asolaba, y en un instante, parecía que no hubiesen pasado cien años de soledad por encima
de la frente de aquel pueblo, él de mis sueños. Y lluvia reía, y llovía más y más. Y seguía riendo y seguía lloviendo.
No pude retener mis pies y mi corazón, que se fueron tras aquel pueblo de ensueños. Escaparon a mi control.
Corrí desesperadamente para llegar al otro lado de la escalera, pero, al igual que en mis sueños, no terminaba de cruzarla nunca. Corría y corría y nada, era infinita. Cuando por fin logré pisar un charco, cesó, paró súbitamente.
Y tras uno segundos de perplejidad, todos volvieron a sus casas felices, exaustos, lo llevaban grabado en la cara, en la mirada, en la sonrisa… y yo, miré al cielo en busca del fondo de aquel precipicio,
en busca del maná, en busca de lluvia. Pero no llovía, se difuminó con la velocidad el aleteo de las alas
de un colibrí que huye delas garras del halcón que colecciona rarezas.
Volví a izar la mirada, pero, en el cielo,  no había más que unos nimbos solitarios vagando
al compás del melódico viento. Y un sol que demoraba ya por el ocaso.
Y lloré. Y clamé. Pedí sólo un segundo más de encanto, un instante más de inmensidad. Pero nada pasó. Nada.
Aquel pueblo dónde se desarrolló aquel sueño, es Macondo. Sí, ese. Ese mismoes al que me refiero...
en el que vivió la familia Buendía, Cien Años De Soledad. En mis sueños, el que más feliz de todos aquellos a los que vi
bailando bajo la lluvia, era Jose Arcadio Buendía.
El patriarca de aquella dinastía. También logré ver a Ursula, a Amaranta. Todos aquellos personajes que traía
con el paso de cien años, a cuenta gotas, una vieja cigüeña llamada Gabriel García Márquez.
Incluso sonreía aquel muchacho, sí, el que siempre andaba enfadado y regañando con todo el mundo. También osó a pelear con el propio
García Márquez, renegaba de su cuna y de su tinta,
y proclamaba a los cuatro vientos que era “Mejicano por gracia de Dios”.
Pobre diablo, el tal Juancito. Pues, incluso él, que no fue capaz de mostrar ni un átomo de afecto a lo largo de su existencia, sonreía.  Eso sí, Lluvia, mientras marchaba me susurró.
Me contó de azares entre las prisas, de su nombre y poco más. Decía, que era del mundo por que su familia era del mundo, y que, no tenía edad. ¡Claro! ¿Cómo va a tener edad? Era lluvia.
Pero nada pasó. seguí proclamando la fuerza de la naturaleza.
Gritando a los cuatro vientos que pasaban por allí.
supliqué hasta a aquel mal rayo que me partiera. pero nada pasó.
Y quedé sólo y la sequía llegó. Quedé sólo… y la sequía llego..-"

Para Volga, con todo el cariño.

Escrito por el Jefe Cesar.


Quise definirte pero no me atreví. Gracias por Todo.
De tu siempre eterna Lluvia.

24/02/2004 16:56 Enlace permanente. Tema: Macondo No hay comentarios. Comentar.



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